ÓPERA:«La Dolores»

ESPAÑA EN NEGRO


ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE

De haber comunicación con el cielo, el bueno, luchador y desencantado Tomás Bretón debe estar sonriendo. Después de pasar toda una vida tratando de demostrar las bondades de «La Dolores», en España y medio mundo, por fin la obra vuelve a tener su sitio en el nuevo Teatro Real. La ópera de Bretón inauguraba anoche la nueva temporada del coliseo madrileño gracias al general y floreciente sentimiento de protección de nuestro patrimonio musical.

Convengamos con los animadores del cotarro que, pese a la fría recepción que se le dio anoche a la obra, a «La Dolores» merece la pena prestarle atención. Los méritos musicales ya se conocían gracias a la moderna grabación discográfica.

Quedaba en barbecho el siempre espinoso tema de su teatralidad y ésta, ayer se vio, está bien trabada, avanza con paso firme dejando por el camino muchos sentimientos a flor de piel, algunos ripios y brillantes momentos de expansión popular. El total tiene proporción y sentido narrativo en ascenso. «La Dolores» se sufre con interés.

En buena parte se debe a la dirección musical de Antoni Ros Marbà a quien hay que agradecerle la serenidad de su planteamiento. Sabe medir las fuerzas y teñir lo español de cierta elegancia, evitando caer en la ramplonería de lo popular. Así escuchadas, la jota y la soleá, que dan a la obra la encarnadura localista, se suceden con altura y nobleza. En el resto, quizá peque por la excesiva presencia orquestal, aunque es muy notable el encaje del acompañamiento y la forma en la que aglutina una orquestación a veces abierta.

En cuanto al reparto, Elisabete Matos se mueve con soltura en el personaje principal, menos rotunda en lo más dramático, aunque posee saber y apariencia para dar sentido a los resquicios sicológicos del personaje. Tuvo enfrente a Alfredo Portilla, empujando para tratar de disimular los quiebros de una voz que mucho debieron molestar a un espectador en las alturas; a Stefano Palatchi, en no buenas condiciones vocales; a Ángel Ódena defendiendo su papel con fuerza, y a Enrique Baquerizo, templado en la expresión y con la buena planta habitual. La voz punzante de Cecilia Díaz, la cordura de Darío Schmunck y el corazón que puso Sánchez Jérico ante las coplas de su tierra completaron un elenco que resulta suficiente.

Por lo demás esta «Dolores» proporciona las alegrías justas. El director de escena, José Carlos Plaza, quiere explicar que el drama se hunde en las raíces de nuestra idiosincrasia nacional. Su propuesta es, desde el mismo momento en el que se levanta el telón, monocorde, rotunda, espesa... y oscura. La pone en pie con un trabajo técnico de filigrana, iluminación y vestuario incluidos, alrededor de una serie de paneles móviles retroproyectados que muestran imágenes que van desde rincones rurales teñidos de España profunda a la abstracción expresionista. No hay opción para pensar. Lo suyo es una moraleja en sí mismo.

Días atrás, Plaza explicaba su visión manejando términos como la miseria espiritual, la envidia, el rencor, la líbido reprimida y represora, y añadiendo que «todos estos temas aún están supurando entre nosotros». Un argumento de impecable corrección semántica.

Algo chirría

Pero algo chirría en la inflexibilidad de lo realizado, máxime cuando el corazoncito de las gentes del pueblo (¡ay, Bretón!) pone a todos a bailar la jota (por cierto, en una estupendísima estilización coreográfica de Miguel Ángel Berna), con semejante desaliño en el ropaje y bajo un palio de cadáveres colgados cual mojama. Y encima la fiesta acaba en negro para que los espectadores que excepcionalmente se animan a aplaudir, que son muchos en ese momento, se queden con cara de póquer. Quien sabe si Bretón, que tanto sufrió los resentimientos del entorno está festejando esta producción, tan empeñada en frotarnos por la cara nuestras miserias. Sería un reconcome difícil de creer en músico de tan alto porte.

abc.es, jueves, 30 de septiembre de 2004